domingo, 4 de marzo de 2012

Extra // Capítulo 2: Tras la tormenta...

Capítulo 2: Tras la tormenta…

Kuroi se despertó con los rayos del Sol rozando su piel y se desperezó lentamente. Estaba muy cansada por aquel día horrible. De pronto recordó lo que había pasado anoche y se levantó de un salto de la cama. Miró a su alrededor y vio que la cama en la que estaba no era la suya, a su lado no estaba su mesilla, había una silla en su lugar, las vistas al exterior eran distintas… Nada de aquello era su habitación y se alarmó al no saber donde estaba. Aún tenía la ropa del día anterior y encima de la colcha había una bata, y como hacía frío, decidió ponérsela. Le quedaba bastante grande, al igual que unas zapatillas que estaban al lado de la cama. Abrió la puerta y se encontró con un largo pasillo con algunas habitaciones, no sabía dónde estaba, pero al final del pasillo vio unas escaleras, y pensó que sería mejor bajar por ellas.
Según bajaba vio como allí estaba todo más iluminado y provenía ruido de una de las salas. Se asomó a ella y vio a Dino preparando el desayuno. Rápidamente se giró para que no la viera. No se podía creer que estuviera en su casa. Aunque, pensándolo bien, él no tenía otro lugar al que llevarla ya que no sabía dónde vivía.

Se volvió a asomar a la cocina y esta vez él la vio.
-Vaya, veo que ya estás despierta.  ¿Cómo te encuentras? – Dijo él aún de espaldas preparando un cuenco para  ella. Kuroi se acercó a él nerviosa e indecisa, y cuanto más se acercaba a él, más cuenta se daba de lo alto que era.
- ¿Es esta tu casa? – El chico asintió mientras llevaba el tazón a una pequeña mesa  y le indicó que se sentara. - ¿Por qué me has traído aquí?  - Se sentó a la mesa sin saber por qué la trataba con tanta tranquilidad.
- Bueno, realmente yo no sabía donde vivías, así que te traje aquí. – Llevó a la mesa algo para tomar con la leche. – Me pareció mejor idea que dejarte tirada en la calle. – A ella ese comentario no le hizo gracia, ella no le había pedido ayuda ni compasión. Ese chico era muy molesto para ella. – Bueno, te llevaré a casa cuando acabes, ¿vale? – Salió de la cocina y Kuroi acabó rápido el desayuno para irse cuanto antes de ahí.
Era una casa grande, o al menos eso parecía por dentro y se preguntó si viviría solo. No sabía qué edad tenía, pero por el aspecto parecía tener al menos veinte.

Dino bajó de nuevo y se asomó a la cocina donde seguía Kuroi sentada, aunque ya había acabado el desayuno hacía rato.
-Bien, ¿lista para irnos?- Ella asintió y se levantó siguiéndole hasta el hall central de la casa. Antes, a causa de la incertidumbre de no saber donde se encontraba, no se había fijado en la elegante decoración de la casa. La barandilla de la enorme escalera era dorada y con muchos adornos, al igual que los pomos de las puertas de una madera que parecía muy lujosa.
Pensó que podía ser rico o algo así, porque todo aquello parecía bastante caro y enorme. Salieron por la gran puerta principal de un color más oscuro que las demás y un pomo más grande. Al abrir aquella puerta vio un enorme jardín con una gran variedad de árboles y arbustos, y zonas donde había muchas flores de distintos colores y tipos. Era todo inmenso y muy bien cuidado, y al darse la vuelta para contemplar la casa vio una gran mansión.
Era muy grande y con una fachada preciosa decorada con hiedra que trepaba hasta llegar al tejado en algunas zonas, mientras que de las ventanas colgaban hasta llegar al suelo. En el tejado negro había una gran chimenea por la que salía humo, seguramente proveniente de algún salón con chimenea o la cocina. Se quedó asombrada ante tanto lujo y Dino se dio cuenta de aquello.
- Mis padres son dueños de una gran empresa, por eso tengo esta casa tan grande. – Explicó mientras bajaba por las escaleras de mármol junto a Kuroi y traspasando el jardín llegaron a un pequeño aparcamiento. Sacó unas llaves de su bolsillo y abrió un coche deportivo rojo invitando a Kuroi a que subiese. Aún muy asombrada ante tanto lujo, se sentó en el asiento de cuero. El coche también era bastante lujoso y parecía muy caro. Dino se sentó en el asiento del conductor y arrancó el coche. Ella no se atrevió a decir nada, aunque tampoco tenía mucho que decir. Se preguntaba qué le diría a su hermano mayor al llegar a casa, ya que sus padres se habían ido por un tiempo y estaba a su cargo. Agachó la cabeza pensando en una buena excusa pero nada se le ocurría y se sintió fatal, no podía decirle lo que había pasado o no le dejaría volver a salir nunca. Él la miró y vio su cara de preocupación.
- ¿Por dónde está tu casa?
- Está a las afueras, cerca del templo Namimori. – Eso estaba justamente a la otra punta que la casa de Dino, y aunque el pueblo no era muy grande, tardarían un rato, ya que la casa de él estaba alejada del pueblo.

Después de un rato llegaron al centro del pueblo donde había mucha gente haciendo compras navideñas y demás, y las carreteras estaban llenas de coches buscando aparcamiento. Kuroi se desesperó, odiaba tanta gente amontonada y el jaleo. De vez en cuando iba con sus amigas al centro, pero muy de vez en cuando porque odiaba toda la multitud gritando y molestando.
Cada vez estaba más deprimida por todo aquello y apoyó el codo en la puerta del coche y a su vez la cara en su mano.  De pronto vio como Dino aparcaba el coche en un sitio libre y lo paraba. Le miró sorprendida, ya que aquel no era su destino y no habían hablado de ir allí.
Él bajó del coche y le indicó que bajar ella también. Hizo lo que le dijo y le siguió por las calles sin saber todavía a donde iban, aunque parecía que él lo sabía bien.
Llegaron a una pequeña plaza muy transitada y con mucho barullo.
- Pareces muy mustia. – Dijo al fin él retirándola un mechón de la cara. – Relájate, yo te compraré lo que quieras, así que hoy es tu día de compras.
Esto pilló de improvisto a la chica que no sabía por qué quería ahora de repente que comprara, y al parecer él se lo iba a pagar.
- No hace falta, tan solo llévame a casa. – Contestó desviando la mirada. No le gustaba demasiado ir de compras y menos con toda la gente que había, aunque, por otra parte, el día anterior habría querido comprar algo más, pero no tenía dinero. De todas formas, no quería que él le volviera a pagar nada.
- Si que hace falta. Estás muy apagada y así seguro que te animas. – Kuroi iba a abrir la boca para contestar pero no le dio tiempo, Dino la cogió de la mano y caminó hacia la zona de tiendas. Pensó en soltar su mano y marcharse por su cuenta hasta casa, pero no le pareció buena idea y decidió acompañarle, aunque seguía muy molesta.
Entraron en una tienda de ropa de marca y algo cara.
- Bien, pruébate lo que quieras. Lo que te guste dímelo y te lo compraré.
- Yo… Yo no puedo aceptar eso. – No quería aprovecharse de él, pero no la dejó salir de allí sin nada. Se había propuesto alegrarla y ella no tuvo más remedio que aceptar.
Buscó por la tienda y había ropa preciosa que le encantaba, si por ella fuera compraría todo, pero no cogió más de dos cosas.
Entró al probador con una camisa de manga larga de color azul verdoso con una camiseta de manga corta y que llegaba hasta el ombligo encima de color negro. También se probó unos vaqueros pitillos oscuros. Salió del probador con la ropa puesta para ver que le parecía a él aquella ropa. Esos colores encajaban muy bien con ella y a Dino le gustaron mucho. Le hizo una señal para que esperase y se fue a buscar algo en la tienda. Volvió con una boina beige y se la colocó en la cabeza. Ese color resaltaba con sus ojos oscuros y su pelo negro, que ahora llevaba recogido en dos largas coletas.
- Así mucho mejor. – Ese comentario hizo que se sonrojara levemente y volvió al probador para cambiarse, pero cuando se dio media vuelta Dino la volvió a llamar. – Si quieres déjatelo puesto, te queda muy bien. – Kuroi agachó la cabeza avergonzada y cogió su otra ropa, que guardó en una bolsa para dejarse la nueva puesta. Cuando salió del probador Dino ya estaba pagando lo que había comprado.

Salieron de la tienda y Dino la volvió a tomar de la mano abriéndose paso por la gente y aquello hizo que le latiera fuerte el corazón aunque no sabía por qué,  hasta llegar a una cafetería pequeña y sin mucha gente. Al entrar todo era muy elegante y silencioso, seguramente también sería algo cara. Se sentaron en una mesa alejada al resto, cosa que agradeció Kuroi. El camarero se acercó a la mesa y preguntó que iban a tomar.
- A mi póngame un café con tostadas. – Miró a Kuroi mientras le daba la carta con todo lo que había para elegir. – Pide lo que quieras.
- Por favor, chocolate caliente. – Dijo tras pensárselo bien. Hubo por un momento un silencio incómodo en el que no sabía que decir. No sabía nada de aquel chico, era más bien un extraño, aunque había estado comportándose con ella como si la conociera desde siempre.
-Dino… ¿Por qué me tratas así? – Él la miró sorprendido.
- ¿A qué te refieres?
- Me has tratado como si me conocieras desde hace años, pero no nos habíamos visto nunca y apenas te conozco. Entonces, ¿por qué? – Dino dedicó una media sonrisa antes de contestar.
- Pues, porque necesitabas ayuda y solo hice lo que debía. – Aquello no le pareció una razón a Kuroi, más bien parecía la típica respuesta de superhéroe o algo así.
- En serio. – Respondió molesta ante aquella estúpida respuesta. Dino dudó un momento. El camarero trajo la bebida y comida, y cuando se fue, tomó un sorbo del café.
- Kuroi, te ayudé cuando lo necesitabas, eso es todo. – La miró a los ojos y ella desvió la mirada y bebió un poco del chocolate. – Aunque… La verdad es que me recuerdas a alguien. – Ella dejó el chocolate y le miró queriendo saber más. – Conozco a varias personas menores que yo, más o menos de tu edad, a las que ayudé también hace un tiempo. Creo que me recuerdas a ellos. -
No sabía si tomarse eso para bien o para mal, pero supuso que sería algo bueno. No le gustaba la idea de que la tratase como si fuera una chica indefensa que necesitaba protección, pero el día anterior si no hubiera sido por él hubiera tenido problemas, así que no dijo nada al respecto.

Cuando hubieron acabado Dino pagó de nuevo la cuenta y se marcharon de allí. Había ya bastante gente por los alrededores y se hacía difícil caminar sin chocarse con alguien. Dieron una vuelta por allí, en silencio de nuevo, y volvieron al coche.
- Bueno, ahora vamos a casa. – Dijo él arrancando el coche y yendo dirección al templo.
Al mencionar su casa, Kuroi recordó que le iba a decir a su hermano. Seguro que se enfadaba al saber todo, pero no se le ocurría ninguna excusa. Llegaron al templo y su casa estaba cerca de allí.
- Gracias por todos. – Dijo ella bajando del coche y despidiéndose.
- Te acompaño hasta casa. – Contestó acelerando el paso para alcanzarla. No se negó y subieron las escaleras del templo. Ese lugar le gustaba mucho, apenas había gente, y si la había, no armaban jaleo. Le gustaba ir allí por las tardes a descansar de todo el ajetreo diario y sentarse bajo la sombra de los grandes árboles que había allí.
- Vaya, todo esto es precioso. – A Dino le había gustado bastante aquel lugar y sentía que pegaba bastante Kuroi viviendo ahí, bastante más que en el centro con todo el bullicio. El carácter de Kuroi le hacía recordar a un chico un año mayor que ella al que dio clases y no pudo evitar esbozar una sonrisa.
- ¿Pasa algo? – Dijo Kuroi al ver que se empezaba a reír sin motivo.
- No, es que me he acordado de alguien. – Kuroi no le hizo mucho caso y siguió caminando.
Detrás del templo había un pequeño barrio tranquilo donde estaba su casa. Tras el templo habían plantado algunos cerezos y a Kuroi le encantaba ir en primavera, cuando florecían.
- En mi casa teníamos un gran cerezo. – Dijo Kuroi. – Pero hace un tiempo mi hermano lo quitó no sé por qué. Parece que ahora los odia. – Se rió al recordar lo mucho que su hermano los odiaba y lo mucho que a ella le gustaban.
- A mi me parece que los cerezos son preciosos. En Italia no hay tantos cerezos, sin embargo, aquí hay muchísimos. – Kuroi imaginó que él sería italiano, la verdad es que no parecía japonés, pero nunca se lo hubiera imaginado.
- Italia, ¿es bonita? – Le gustaría mucho ir a Italia, era un país que le parecía precioso.
- Si, es bastante agradable. – Los dos miraron al horizonte, los rayos de Sol iluminaban el barrio y era precioso.

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