lunes, 16 de julio de 2012

Capítulo 1: Un Mal Sueño


  Capítulo 1
            Un mal sueño


Se despertó sobresaltada y notó como si el corazón se le fuera a salir del pecho. Angustiada miró a su alrededor y vio que estaba en su habitación. Allí estaba su armario empotrado al fondo de la habitación azul claro, su mesilla lila a la derecha de su cama con una pequeña lamparilla, una foto de su familia, algunas pulseras y un despertador. Se quitó de encima las sabanas rojas y se levantó ya más tranquila buscando sus zapatillas marrones y muy suaves.
<<Todo ha sido un sueño>> pensó. <<Pero era tan real...>> No pudo evitar recordar todo que había llegado a pensar que era la realidad. Recordó lo que vio, los siete días, y lo que le dijo aquel chico. Se sentía extraña, sabía que había sido un sueño, pero aun así le dio muchas vueltas a todo aquello.

Una voz la devolvió a la realidad. Su madre la llamaba para que bajara a desayunar, y al mirar el reloj se acordó de que tenía clases y debía darse prisa para no llegar tarde. Bajó corriendo las escaleras y por casi tropieza. Desayunó rápidamente, se vistió y se marchó despidiéndose antes de su familia. Tenía un hermano pequeño al que adoraba y unos padres que la querían mucho. No era una niña problemática y por eso tanto en la escuela como en su casa, todos la trataban muy bien.
Conocía prácticamente a todos los habitantes del pequeño pueblo y se llevaba muy bien con ellos. La verdad es que era un pueblo pequeño y alejado, situado en el valle de una montaña. No necesitaban moverse a otros pueblos ya que allí tenían todo lo que necesitaban. Se conocían todos y respetaban, y por eso ella nunca pensó en ir a ningún otro sitio, esa era su casa, su pueblo, y se encontraba a gusto.

En el camino al instituto fue por la calle de siempre, que pasaba por la plaza. Su casa estaba algo lejos del instituto aunque no tanto de la plaza, donde bajaba muchas tardes a leer, dibujar o charlar con amigas. Al llegar allí miro de reojo al campanario y como supuso no había nada extraño, pero aun así algo le inquietaba. Caminó rápido para pasar cuanto antes la plaza y no tardó en llegar al instituto, donde la esperaban dos amigas. Entraron juntas a clase y no menciono nada respecto a su extraño sueño. Las clases pasaron rápidamente pero ella estuvo ausente en todo momento, sin dejar de dar vueltas a lo que soñó.
 - Jane, ¿Te estás enterando? - Le había preguntado en alguna ocasión el profesor. Ella asentía, pero en realidad su mente estaba muy lejos de allí.

Tras el instituto volvió corriendo a su casa y mucho más rápido en la plaza, donde por alguna extraña razón sentía algo que no era normal. Esa tarde no quiso salir como de costumbre, ni siquiera cuando su madre la mando a un recado. Se quedó encerrada en su habitación con la excusa de que tenía muchos deberes y un examen muy difícil. Se sentía mal, mareada y con una rara sensación que no podía describir. Se tumbó en la cama e intento relajarse, cerrar los ojos y descansar, cayendo rendida y agotada.




Los rayos de sol apenas habían comenzado a asomar por la ventana cuando Jane se despertó. Otra vez había tenido un sueño extraño del que solo podía recordar un par de cosas, pero sabía que no había sido desagradable a causa de su fatiga. Se desperezó y se obligó a recordarse que solo eran pesadillas, nada más.

Como cada mañana se tuvo que dar prisa para no llegar tarde, pero aun así seguía con la cabeza en otros lados en vez de en las clases. Le molestaba tener que pasar por delante de aquel campanario cada mañana porque le recordaba a su sueño y no quería pensar en ello.

En uno de los intercambios de clases, Lisa, una de sus mejores amigas, se acercó a ella y animada dijo:
 - ¿Qué tal? - Sonrió ampliamente al ver el desconcierto de Jane. - No me digas que lo has olvidado. ¡En 6 días es tu cumpleaños! ¿No estas feliz de tener ya 16?
 - Oh, eso... Supongo que está bien.

No hizo mucho caso a lo que le decía, ya que al oír seis recordó que quedaban seis días a partir de lo que paso en su sueño. Todo le encajo. Habría soñado eso ya que estaba alegre por su cumpleaños, nada más. A lo largo de la mañana estuvo más atenta y despejada al saber que no era nada raro lo que soñó.  Pero aun así, ese día hizo la vuelta a casa por otro recorrido, uno por el que no tuviera que pasar por la plaza. Aunque ya creía haber aclarado su sueño, sabía bien que las veces que había pasado por allí desde entonces había sentido algo distinto y misterioso.
Pasó por varios callejones estrechos y oscuros, que serpenteaban hasta desembocar en una calle algo más grande. No le gustaba caminar por allí, pero lo prefería a volver por la plaza. De todas formas, se dio prisa en llegar a casa.



Iba distraída con la cabeza agachada cuando chocó con alguien y cayó al suelo. Soltó una exclamación y parpadeo perpleja antes de mirar arriba para descubrir con quien había chocado.
Un chico joven un par de años mayor que ella la miraba sonriendo. Su pelo era corto y le caía hasta el cuello ligeramente, de un color plata con unos extraños brillos. Pero lo que dejo asombrada a Jane eran sus ojos dorados. Sintió un escalofrió parecido al que había sentido al pasar por la plaza
 - ¿Te encuentras bien? - preguntó tendiéndole su mano para ayudarla a subir.
 - Creo que sí. - Tomo su mano y se levantó, sacudiéndose el polvo de la ropa. - Lo siento mucho... No miraba por donde iba.- Se disculpó Jane agachando la cabeza.
 - Tranquila, no tienes por qué preocuparte. - La tranquilizo con una media sonrisa.
Jane se sonrojo levemente y agacho un poco la cabeza, dejando que unos mechones de su larga melena azabache cayeran por su rostro, intentando disimular así su timidez.
El chico tomo su barbilla haciendo así que le mirara. Desvió su mirada pero pudo sentir como él sonreía e instintivamente le miró, perdiéndose así en su profunda mirada de ojos de oro. Se sintió de pronto indefensa, como una pequeña gacela frente a un temible león, y esto le hizo tener miedo, pero por otra parte se sentía confortable.
 - Tus ojos son preciosos, parecen... esmeraldas. - Dijo mirándola fijamente. Ella desvió la mirada y el la dejo de sostener.
 - Me llamo Nathan, es un placer haberte encontrado aquí. - Cada palabra que pronunciaba lo hacía con un tono intrigante y melodioso.
Se dispuso a marcharse haciendo un gesto con la mano y dando media vuelta.
 - Mi nombre es... - Contestó volviendo a la realidad.
 - Jane, lo sé. - Dijo volviéndose hacia ella con una sonrisa enigmática. Después se marchó sin decir palabra, mientras Jane permanecía quieta viéndole marchar, desconcertada pero sin atreverse a preguntar.

Prólogo


              Prólogo


Se encontraba sola en mitad de una gran plaza. Su silueta se recortaba con el sol y se podían distinguir sus finos rasgos y su largo pelo negro azabache que brillaba con tenues destellos dorados a causa de la puesta de sol.
En la plaza no había nadie, todas las tiendas que se situaban a los alrededores de ella aparentemente estaban abiertas, pero no había nadie en ellas al igual que en las callejuelas estrechas que serpenteaban desde la plaza y parecían no tener fin a causa de las calles aún más pequeñas en las que a su vez se dividían. Tan solo corría una suave y ligera brisa que mecía los altos árboles que habían plantado allí junto con algunos arbustos y flores de distintos colores.

Dio media vuelta y miro hacia el gran campanario situado en la zona este de la plaza. Era bastante antiguo, pero era una especie de monumento del pueblo. En lo más alto había un campanario y al fijarse en el descubrió un holograma en el ponía: <<7 días>>
Se giró para mirar a su alrededor con una gran fatiga y volvió a fijar su mirada en el campanario. Esta vez pudo descubrir una extraña sombra que parecía de un chico joven. Intento descubrir quién era pero no lo consiguió ya que la noche iba cayendo y apenas había luz. Intento gritar pero su voz no sonó. <<¿Que está pasando? ¿Por qué estoy sola? ¿A dónde ha ido toda la gente?>>

Solo tenía esos pensamientos en la cabeza e intentaba preguntar, pero su voz no conseguía salir y el joven seguía ahí, observando desde las alturas.
Sintió gran angustia y desesperación al no poder hacer nada y sentir aquella soledad. No había nadie en todo el pueblo. Pensó en sus amigos, su familia, sus compañeros del instituto, la gente que solía trabajar en las pequeñas tiendas de la plaza donde compraba siempre. Sintió mucha añoranza y miedo, no sabía que podía hacer, y sabía que aquel chico tendría algo que ver con todo aquello. Sobre todo se preguntaba que hacia allí aquel holograma y por qué ponía aquello.

De pronto aquel joven saltó del campanario y aterrizó en el suelo con la agilidad de un felino. Poco a poco se acercó al centro de la plaza donde estaba ella, bajo un gran árbol mucho más grande y antiguo que los demás. Sintió un escalofrío a medida que él iba acercándose y dio un paso atrás inconscientemente y chocó con el árbol. El siguió avanzando hasta llegar a un par de pasos de ella, aunque aún no podía distinguir sus rasgos. Pudo notar como la brisa aumentaba y era más refrescante e intrigante. Espero que no se acercara más a ella, pero eso no pasó. Llego a estar a centímetros de ella y sintió mucho miedo. Cerró los ojos y tembló asustada, y noto como le susurraba al oído: <<Solo tienes 7 días... Ten cuidado y no te fíes de nadie.>> Mantuvo los ojos cerrados aunque sin saber por qué dejo de temblar. Volvió a sentir la brisa y cuando quiso abrir los ojos el ya no estaba allí.

domingo, 4 de marzo de 2012

Extra // Capítulo 2: Tras la tormenta...

Capítulo 2: Tras la tormenta…

Kuroi se despertó con los rayos del Sol rozando su piel y se desperezó lentamente. Estaba muy cansada por aquel día horrible. De pronto recordó lo que había pasado anoche y se levantó de un salto de la cama. Miró a su alrededor y vio que la cama en la que estaba no era la suya, a su lado no estaba su mesilla, había una silla en su lugar, las vistas al exterior eran distintas… Nada de aquello era su habitación y se alarmó al no saber donde estaba. Aún tenía la ropa del día anterior y encima de la colcha había una bata, y como hacía frío, decidió ponérsela. Le quedaba bastante grande, al igual que unas zapatillas que estaban al lado de la cama. Abrió la puerta y se encontró con un largo pasillo con algunas habitaciones, no sabía dónde estaba, pero al final del pasillo vio unas escaleras, y pensó que sería mejor bajar por ellas.
Según bajaba vio como allí estaba todo más iluminado y provenía ruido de una de las salas. Se asomó a ella y vio a Dino preparando el desayuno. Rápidamente se giró para que no la viera. No se podía creer que estuviera en su casa. Aunque, pensándolo bien, él no tenía otro lugar al que llevarla ya que no sabía dónde vivía.

Se volvió a asomar a la cocina y esta vez él la vio.
-Vaya, veo que ya estás despierta.  ¿Cómo te encuentras? – Dijo él aún de espaldas preparando un cuenco para  ella. Kuroi se acercó a él nerviosa e indecisa, y cuanto más se acercaba a él, más cuenta se daba de lo alto que era.
- ¿Es esta tu casa? – El chico asintió mientras llevaba el tazón a una pequeña mesa  y le indicó que se sentara. - ¿Por qué me has traído aquí?  - Se sentó a la mesa sin saber por qué la trataba con tanta tranquilidad.
- Bueno, realmente yo no sabía donde vivías, así que te traje aquí. – Llevó a la mesa algo para tomar con la leche. – Me pareció mejor idea que dejarte tirada en la calle. – A ella ese comentario no le hizo gracia, ella no le había pedido ayuda ni compasión. Ese chico era muy molesto para ella. – Bueno, te llevaré a casa cuando acabes, ¿vale? – Salió de la cocina y Kuroi acabó rápido el desayuno para irse cuanto antes de ahí.
Era una casa grande, o al menos eso parecía por dentro y se preguntó si viviría solo. No sabía qué edad tenía, pero por el aspecto parecía tener al menos veinte.

Dino bajó de nuevo y se asomó a la cocina donde seguía Kuroi sentada, aunque ya había acabado el desayuno hacía rato.
-Bien, ¿lista para irnos?- Ella asintió y se levantó siguiéndole hasta el hall central de la casa. Antes, a causa de la incertidumbre de no saber donde se encontraba, no se había fijado en la elegante decoración de la casa. La barandilla de la enorme escalera era dorada y con muchos adornos, al igual que los pomos de las puertas de una madera que parecía muy lujosa.
Pensó que podía ser rico o algo así, porque todo aquello parecía bastante caro y enorme. Salieron por la gran puerta principal de un color más oscuro que las demás y un pomo más grande. Al abrir aquella puerta vio un enorme jardín con una gran variedad de árboles y arbustos, y zonas donde había muchas flores de distintos colores y tipos. Era todo inmenso y muy bien cuidado, y al darse la vuelta para contemplar la casa vio una gran mansión.
Era muy grande y con una fachada preciosa decorada con hiedra que trepaba hasta llegar al tejado en algunas zonas, mientras que de las ventanas colgaban hasta llegar al suelo. En el tejado negro había una gran chimenea por la que salía humo, seguramente proveniente de algún salón con chimenea o la cocina. Se quedó asombrada ante tanto lujo y Dino se dio cuenta de aquello.
- Mis padres son dueños de una gran empresa, por eso tengo esta casa tan grande. – Explicó mientras bajaba por las escaleras de mármol junto a Kuroi y traspasando el jardín llegaron a un pequeño aparcamiento. Sacó unas llaves de su bolsillo y abrió un coche deportivo rojo invitando a Kuroi a que subiese. Aún muy asombrada ante tanto lujo, se sentó en el asiento de cuero. El coche también era bastante lujoso y parecía muy caro. Dino se sentó en el asiento del conductor y arrancó el coche. Ella no se atrevió a decir nada, aunque tampoco tenía mucho que decir. Se preguntaba qué le diría a su hermano mayor al llegar a casa, ya que sus padres se habían ido por un tiempo y estaba a su cargo. Agachó la cabeza pensando en una buena excusa pero nada se le ocurría y se sintió fatal, no podía decirle lo que había pasado o no le dejaría volver a salir nunca. Él la miró y vio su cara de preocupación.
- ¿Por dónde está tu casa?
- Está a las afueras, cerca del templo Namimori. – Eso estaba justamente a la otra punta que la casa de Dino, y aunque el pueblo no era muy grande, tardarían un rato, ya que la casa de él estaba alejada del pueblo.

Después de un rato llegaron al centro del pueblo donde había mucha gente haciendo compras navideñas y demás, y las carreteras estaban llenas de coches buscando aparcamiento. Kuroi se desesperó, odiaba tanta gente amontonada y el jaleo. De vez en cuando iba con sus amigas al centro, pero muy de vez en cuando porque odiaba toda la multitud gritando y molestando.
Cada vez estaba más deprimida por todo aquello y apoyó el codo en la puerta del coche y a su vez la cara en su mano.  De pronto vio como Dino aparcaba el coche en un sitio libre y lo paraba. Le miró sorprendida, ya que aquel no era su destino y no habían hablado de ir allí.
Él bajó del coche y le indicó que bajar ella también. Hizo lo que le dijo y le siguió por las calles sin saber todavía a donde iban, aunque parecía que él lo sabía bien.
Llegaron a una pequeña plaza muy transitada y con mucho barullo.
- Pareces muy mustia. – Dijo al fin él retirándola un mechón de la cara. – Relájate, yo te compraré lo que quieras, así que hoy es tu día de compras.
Esto pilló de improvisto a la chica que no sabía por qué quería ahora de repente que comprara, y al parecer él se lo iba a pagar.
- No hace falta, tan solo llévame a casa. – Contestó desviando la mirada. No le gustaba demasiado ir de compras y menos con toda la gente que había, aunque, por otra parte, el día anterior habría querido comprar algo más, pero no tenía dinero. De todas formas, no quería que él le volviera a pagar nada.
- Si que hace falta. Estás muy apagada y así seguro que te animas. – Kuroi iba a abrir la boca para contestar pero no le dio tiempo, Dino la cogió de la mano y caminó hacia la zona de tiendas. Pensó en soltar su mano y marcharse por su cuenta hasta casa, pero no le pareció buena idea y decidió acompañarle, aunque seguía muy molesta.
Entraron en una tienda de ropa de marca y algo cara.
- Bien, pruébate lo que quieras. Lo que te guste dímelo y te lo compraré.
- Yo… Yo no puedo aceptar eso. – No quería aprovecharse de él, pero no la dejó salir de allí sin nada. Se había propuesto alegrarla y ella no tuvo más remedio que aceptar.
Buscó por la tienda y había ropa preciosa que le encantaba, si por ella fuera compraría todo, pero no cogió más de dos cosas.
Entró al probador con una camisa de manga larga de color azul verdoso con una camiseta de manga corta y que llegaba hasta el ombligo encima de color negro. También se probó unos vaqueros pitillos oscuros. Salió del probador con la ropa puesta para ver que le parecía a él aquella ropa. Esos colores encajaban muy bien con ella y a Dino le gustaron mucho. Le hizo una señal para que esperase y se fue a buscar algo en la tienda. Volvió con una boina beige y se la colocó en la cabeza. Ese color resaltaba con sus ojos oscuros y su pelo negro, que ahora llevaba recogido en dos largas coletas.
- Así mucho mejor. – Ese comentario hizo que se sonrojara levemente y volvió al probador para cambiarse, pero cuando se dio media vuelta Dino la volvió a llamar. – Si quieres déjatelo puesto, te queda muy bien. – Kuroi agachó la cabeza avergonzada y cogió su otra ropa, que guardó en una bolsa para dejarse la nueva puesta. Cuando salió del probador Dino ya estaba pagando lo que había comprado.

Salieron de la tienda y Dino la volvió a tomar de la mano abriéndose paso por la gente y aquello hizo que le latiera fuerte el corazón aunque no sabía por qué,  hasta llegar a una cafetería pequeña y sin mucha gente. Al entrar todo era muy elegante y silencioso, seguramente también sería algo cara. Se sentaron en una mesa alejada al resto, cosa que agradeció Kuroi. El camarero se acercó a la mesa y preguntó que iban a tomar.
- A mi póngame un café con tostadas. – Miró a Kuroi mientras le daba la carta con todo lo que había para elegir. – Pide lo que quieras.
- Por favor, chocolate caliente. – Dijo tras pensárselo bien. Hubo por un momento un silencio incómodo en el que no sabía que decir. No sabía nada de aquel chico, era más bien un extraño, aunque había estado comportándose con ella como si la conociera desde siempre.
-Dino… ¿Por qué me tratas así? – Él la miró sorprendido.
- ¿A qué te refieres?
- Me has tratado como si me conocieras desde hace años, pero no nos habíamos visto nunca y apenas te conozco. Entonces, ¿por qué? – Dino dedicó una media sonrisa antes de contestar.
- Pues, porque necesitabas ayuda y solo hice lo que debía. – Aquello no le pareció una razón a Kuroi, más bien parecía la típica respuesta de superhéroe o algo así.
- En serio. – Respondió molesta ante aquella estúpida respuesta. Dino dudó un momento. El camarero trajo la bebida y comida, y cuando se fue, tomó un sorbo del café.
- Kuroi, te ayudé cuando lo necesitabas, eso es todo. – La miró a los ojos y ella desvió la mirada y bebió un poco del chocolate. – Aunque… La verdad es que me recuerdas a alguien. – Ella dejó el chocolate y le miró queriendo saber más. – Conozco a varias personas menores que yo, más o menos de tu edad, a las que ayudé también hace un tiempo. Creo que me recuerdas a ellos. -
No sabía si tomarse eso para bien o para mal, pero supuso que sería algo bueno. No le gustaba la idea de que la tratase como si fuera una chica indefensa que necesitaba protección, pero el día anterior si no hubiera sido por él hubiera tenido problemas, así que no dijo nada al respecto.

Cuando hubieron acabado Dino pagó de nuevo la cuenta y se marcharon de allí. Había ya bastante gente por los alrededores y se hacía difícil caminar sin chocarse con alguien. Dieron una vuelta por allí, en silencio de nuevo, y volvieron al coche.
- Bueno, ahora vamos a casa. – Dijo él arrancando el coche y yendo dirección al templo.
Al mencionar su casa, Kuroi recordó que le iba a decir a su hermano. Seguro que se enfadaba al saber todo, pero no se le ocurría ninguna excusa. Llegaron al templo y su casa estaba cerca de allí.
- Gracias por todos. – Dijo ella bajando del coche y despidiéndose.
- Te acompaño hasta casa. – Contestó acelerando el paso para alcanzarla. No se negó y subieron las escaleras del templo. Ese lugar le gustaba mucho, apenas había gente, y si la había, no armaban jaleo. Le gustaba ir allí por las tardes a descansar de todo el ajetreo diario y sentarse bajo la sombra de los grandes árboles que había allí.
- Vaya, todo esto es precioso. – A Dino le había gustado bastante aquel lugar y sentía que pegaba bastante Kuroi viviendo ahí, bastante más que en el centro con todo el bullicio. El carácter de Kuroi le hacía recordar a un chico un año mayor que ella al que dio clases y no pudo evitar esbozar una sonrisa.
- ¿Pasa algo? – Dijo Kuroi al ver que se empezaba a reír sin motivo.
- No, es que me he acordado de alguien. – Kuroi no le hizo mucho caso y siguió caminando.
Detrás del templo había un pequeño barrio tranquilo donde estaba su casa. Tras el templo habían plantado algunos cerezos y a Kuroi le encantaba ir en primavera, cuando florecían.
- En mi casa teníamos un gran cerezo. – Dijo Kuroi. – Pero hace un tiempo mi hermano lo quitó no sé por qué. Parece que ahora los odia. – Se rió al recordar lo mucho que su hermano los odiaba y lo mucho que a ella le gustaban.
- A mi me parece que los cerezos son preciosos. En Italia no hay tantos cerezos, sin embargo, aquí hay muchísimos. – Kuroi imaginó que él sería italiano, la verdad es que no parecía japonés, pero nunca se lo hubiera imaginado.
- Italia, ¿es bonita? – Le gustaría mucho ir a Italia, era un país que le parecía precioso.
- Si, es bastante agradable. – Los dos miraron al horizonte, los rayos de Sol iluminaban el barrio y era precioso.

Extra // Capítulo 1: Encuentro invernal

      Capítulo 1: Encuentro invernal

Era una mañana de invierno bastante fría. Kuroi era una chica que vivía en un pueblo de Japón llamado Namimori. Aquella mañana había helado debido al frío que hacía allí en pleno invierno, y en algunos pueblos cercanos incluso nevó. La chica se levantó de la cama perezosa y a tientas se puso sus zapatillas mientras se restregaba los ojos. Como todos los días, bajó a desayunar tranquila y subió de nuevo a vestirse, lo cual no podía hacer los días de instituto, pero como eran las vacaciones de invierno tenía todo el tiempo que quisiera y no tenía que ir con prisas. En su habitación eligió su ropa y miró a su mesilla donde tenía un reloj despertador, el cual marcaba las once de la mañana. Dio un respingo y se acordó de que había quedado hoy con sus amigas a las doce del mediodía y no le quedaba mucho tiempo. Corriendo cambió de ropa eligiendo esta vez unos vaqueros y un jersey azul claro. Se peinó rápido dejando su largo pelo negro suelto y se colocó una bufanda negra alrededor del cuello, bajó corriendo las escaleras y por casi tropieza. Se puso sus botas marrones, cogió las llaves y el móvil y salió de casa. Miró de nuevo el reloj y eran las once y media pasadas, pero para llegar al centro del pueblo dónde había quedado tardaba unos quince minutos. Si se daba prisa llegaría a tiempo, así que sin dudarlo caminó rápidamente hacia el centro donde estaban las tiendas y restaurantes. Sus amigas y ella habían quedado hace un par de días en ir de compras, cosa que a Kuroi no le gustaba demasiado, pero un día no estaría del todo mal. Cansada miró el reloj, las doce menos cinco, pero ya había llegado al punto de encuentro que acordaron. Se sentó en un banco a esperar a las demás que estarían a punto de llegar.
- Ey Kuroi, ¿qué ha pasado? Pareces cansada. – Dijo Aoi que acababa de llegar. Kuroi explicó lo que le había pasado y la chica pelirroja se echó a reír, aunque a Kuroi no le hacía demasiada gracia. Pronto llegaron las dos restantes que hicieron la misma pregunta que Aoi, y esta vez fue ella la que contestó por Kuroi. Cuando ya estuvieron las cuatro, decidieron ir primero a comprar algo de ropa y luego irían a tomar algo. Caminaron por las amplias y abarrotadas calles del centro mirando escaparates y entrando en ocasiones a probarse algo de ropa, aunque no compraron nada. Más tarde vieron una tienda con ropa preciosa y barata, así que entraron a probarse y a comprar. Las chicas se probaron muchas camisetas y pantalones, pero al final solo cogieron una o dos camisetas cada una. Al ir al mostrador fueron pagando de una en una hasta que llegó el turno de Kuroi, que al ir a buscar el monedero no lo encontró. Rebuscó en sus bolsillos, pero no encontró nada.
- Disculpa, no encuentro el monedero… - Supuso que se lo habría dejado en casa con las prisas, pero de verdad le daba pena no poder comprar esa camiseta negra y fucsia.
- Tranquila, nosotras te pagaremos la camiseta y ya nos lo devolverás. – Entre las tres reunieron el suficiente dinero como para comprarla, y Kuroi se lo agradeció de verdad.

Entraron en alguna tienda más y compraron algún pantalón, excepto Kuroi que no tenía dinero y ni quería realmente comprar ninguno, ni quería que le volvieran a dejar dinero.
Según pasaba el tiempo, más gente había por allí y era molesto caminar por aquellas calles.  Vieron una cafetería no muy llena y prefirieron entrar ahí a otras que estaban llenas de gente.
Al entrar el ambiente era tranquilo y relajado, sin mucha gente y los que había no hacían mucho ruido. Se sentaron en una mesa y pidieron algo de comer, pero Kuroi recordó que no tenía dinero. Las demás se ofrecieron a pagarle también eso, así que pudo pedir tranquila.
Las tres se pidieron algo de beber, pero Kuroi solo pidió agua para no hacer a sus amigas gastar más dinero. Mientras comían vieron a un chico con un pelo rubio precioso y algo largo, con una camiseta de manga corta que dejaba ver algunos tatuajes del brazo. Las tres amigas se volvieron locas al ver a ese chico tan apuesto y empezaron a reírse.  Kuroi no entendía que veían en ese tipo, más bien parecía un chulo, y ella los odiaba, así que simplemente comió sin hacer caso. Cada vez que ese chico miraba hacia ellas hacían algún comentario sobre a quién de ellas miraría y si alguna le gustaría. Kuroi ignoraba esos comentarios absurdos y en ocasiones se reía de las tonterías tan grandes que decían. Acabaron de comer y el camarero les llevó la cuenta. Al ver lo que había costado las chicas se sorprendieron, porque al mirar su monedero vieron que no les llegaba para pagar la comida de Kuroi. Seguramente sin la bebida habrían tenido suficiente, pero no se dieron cuenta de que no les quedaba tanto dinero. La chica se asustó porque no sabía qué hacer. Se lo explicaron al camarero pero éste no aceptó eso como excusa y exigía que le pagaran todo, pero ellas no sabían lo que hacer.
El chico rubio se acercó a su mesa, miró la cuenta y sacó unos billetes del monedero.

- Ten, con esto bastará. – El chico le entregó los billetes al camarero que se marchó ya satisfecho por tener todo el dinero de la comida. Kuroi se sintió molesta porque aquel chico había pagado su parte sin conocerla, pero al mirar a sus amigas vio que estaban embobadas con él y su “simpatía”. Sin embargo a ella le parecía más bien un acto de chulería y nada más.
- Gracias. – Dijo de mala gana, pero eso no pareció molestar al chico que al contrario, sonreía tranquilo. 
- De nada, no te preocupes. Por cierto, mi nombre es Dino Cavallone. – El chico no parecía darse cuenta del efecto que causaba en las otras chicas y siguió simplemente sonriendo como si nada.
- Yo soy Kuroi. Chicas, vámonos. – Respondió seca mientras se levantaba de la silla. Las tres se espabilaron y se levantaron detrás de ella despidiéndose del chico sonrojadas.  Dino las despidió alegre y ellas se fueron felices de allí.

Una vez fuera Kuroi empezó a caminar deprisa para perder de vista a ese chico, a esa cafetería y esa calle, y las tres chicas tuvieron que acelerar el paso para no perderla.
- ¿Por qué te vas tan rápido? – Dijo Aoi cuando ya estaban a su lado y no caminaba tan deprisa.
- Ese tipo solo era un presumido, paso de él. Si se cree que voy a babear como vosotras, lo lleva claro. – Tras decir esto ninguna de ellas le llevó la contraria ni añadieron nada.
El resto de la tarde se les pasó rápido caminando de un lado a otro, descansando en parques y haciendo tonterías.  Antes de que cayera la noche, decidieron ir a un gran parque cercano donde se oía jaleo, seguramente habría algo interesante. Al llegar allí vieron un campo de fútbol en el que jugaban un partido. Rondaron por allí hasta que se hizo de noche, y las chicas pensaron en irse a casa porque ya no había luz y podía ser peligroso, además de que era tarde.
A Kuroi aún no le apetecía marcharse y se acordó de que jugaban algunos un partido, así que se despidió de ellas y se quedó a ver como jugaban. Ya sola, se sentó en unas pequeñas gradas que había allí y distinguió entre los jugadores al chico rubio, Dino. No se podía creer que estuviera allí, ¿no podía despegarse de ella o qué? Bueno, al menos desde allí no la vería.
Al acabar el partido ya serían las diez y media de la noche y todo estaba muy oscuro, apenas un par de farolas alumbraban el campo. Kuroi se levantó del asiento e intentó buscar el lugar por el que había venido para volver por ahí, aunque con la poca iluminación no lo llegaba a encontrar bien. Caminó por un paseo totalmente a oscuras a excepción de algún pequeño farolillo situado a los alrededores en la hierba. Caminaba y giraba de vez en cuando tomando otro camino, pero no parecía alejarse mucho del campo. Suspiró agotada por aquel día y ahora no sabía bien por donde volver, tal vez debería haberse ido con sus amigas. Caminó un poco más cuando chocó con alguien y al alzar la mirada pudo ver a varios chicos mayores que ella. De por sí, a pesar de sus quince años, no era demasiado alta, y esos chicos debían tener dieciocho años.
- Lo siento. – Dijo mientras avanzó buscando de nuevo el camino por donde iba, pero alguno de ellos la cogió del brazo y no la dejó marchar. Se dio cuenta de que eran cinco chicos y que la estaban empezando a rodear. “Mierda”, pensó al saber que no la dejarían marchar.
- Oye, no tengas tanta prisa. – Dijo el chico que la sujetaba del brazo riéndose. A Kuroi le dieron ganas de pelear contra ellos, pero prefería no montar ningún espectáculo y no tenía todas consigo de ganar.
- Por favor, tengo prisa. – Kuroi tiró del brazo para soltarse, pero al ir hacia delante había otro de ellos que no la dejó pasar. Ella avanzó a pesar de que él no le dejara, pero cuando fue hacia delante éste le empujó hacia el lado contrario, siendo agarrada por otro de ellos. No podría salir de allí tan fácil, y cada vez que se soltaba la empujaban al lado contrario. Hasta que, una de las veces que la empujaron, cayó sobre alguien mayor que en vez de agarrarla del brazo, la abrazó fuertemente. No hizo intento de escapar aquella vez, sentía que estaba protegida y simplemente hundió su cabeza en el hombro de él. No sabía quién era por la poca luz, pero tampoco quiso levantar la cabeza y averiguarlo.
- Oye, ¿qué pasa? – Dijo al fin uno de los chicos.
- No la toquéis más. – Contestó el chico que la sostenía aún y que la abrazaba con fuerza.
- Oh, venga, solo nos divertimos. ¿Por qué te pones así?
- Porque…- Hizo una pausa y miró a la chica acariciándola el pelo, haciendo que esta se sonrojara. – Porque ella está conmigo. – Dijo al fin.
- Perdón tío, no sabíamos que era tu chica, ya nos vamos. – Dijeron yéndose, aunque a pesar de eso ella seguía en los brazos de aquel chico, agachando la cabeza para que su gran sonrojo no se notara.

-Tranquila, ya pasó todo. – Notó como la presión del chico cesaba. Sostuvo con su mano la barbilla de la chica y le alzó la cabeza, y aunque ella no quería mirarle por la vergüenza que tenía, no tuvo más remedio.  Al hacerlo, se encontró con unos ojos marrones que miraban profundamente a los suyos azabache. - ¿Estás bien?
Vio como el pelo de aquel muchacho brillaba con la poca luz que había en un tono rubio que resaltaba en tanta oscuridad.
-Sí, estoy bien… Gracias. – Contestó ella abatida y con los ojos entrecerrados. De él recibió una amplia sonrisa, pero ella casi no lo notó, apenas podía mantenerse en pie después de aquél largo e intenso día.
Se dispuso a dar un paso pero las fuerzas le fallaron y tropezó, pero las manos del joven se toparon con las suyas, sosteniéndola. Con el impulso del tropiezo, la levantó del suelo y la sostuvo en brazos, mientras ella le miraba sorprendida y cada vez con la cara más roja.
Aquél que ahora la sostenía en brazos, era el mismo chico que antes la había ayudado en el problema de la cafetería. Odiaba que él le ayudara sin conocerla, pero dentro de ella le gustaba que él hubiera estado ahí.

- Descansa. – La miró con ternura y ella simplemente volteó la cabeza hacia su hombro para esquivar su mirada. Gracias a él se había salvado de muchos problemas en un solo día y sentía en él algo reconfortante.
Poco a poco mientras él caminaba, se fue quedando dormida en sus brazos.

viernes, 24 de febrero de 2012

Capítulo 11: Conociendo a la familia Vongola

Capítulo 11: Conociendo a la familia Vongola

Tras la ceremonia, las familias Scerecio y Vongola fueron las últimas en salir de la carpa. Sakura estaba aún con el corazón acelerado y se fijó en que sus guardianes estaban emocionados, lo que le alegró mucho. Suspiró al pensar que ahora era la jefa de una familia mafiosa y tendría que enfrentarse a muchas cosas, solo de pensar en todo eso le daban escalofríos. Notó como una mano se posaba sobre su hombro y dio un respingo. Al girarse para comprobar quien era, vio al décimo Vongola, Tsuna. 
- ¿Cómo estás? - Dijo él preocupado por el nerviosismo de Sakura. - Tranquila, yo también estaba nervioso cuando me dijeron que sería el décimo jefe. Es más, durante mucho tiempo me negué a serlo, pero... Esto no es tan malo como parece. - Sonrió para intentar calmarla. A Sakura le pareció muy amable y cercano, y vio que podía confiar en él y que estuvo en su misma situación.
- Si, aunque no quisiera ser la jefa, es lo que me ha tocado, se lo debo a mi padre. - Devolvió la sonrisa y los dos se echaron a reír. Los dos habían pasado por la misma situación tan extraña de llegar a no ser nadie, a ser jefe de una gran familia mafiosa. 
- Parece que tienes muy buenos guardianes, eso está bien. Aunque, lo mejor es que además de guardianes, sean tus amigos, y parece que lo son. - Miró a los guardianes de la familia Scerecio y vio como algunos sonreían alegres mientras otros discutían estúpidamente, pero siempre había un buen ambiente. Se parecían a sus guardianes, no eran todos amigos, pero a la hora de la verdad eran una verdadera familia. 
- La verdad es que son muy buenos amigos, me alegra que estén aquí conmigo. - Tras decir esto, los dos se dirigieron a donde estaban los guardianes que hablaban entre ellos. 
Yamamoto y Kotaro, los guardianes de la lluvia de ambas familias, tenían un carácter parecido y eso hizo que congeniaran bastante bien. 
- ¿Así que tu también usas una espada? Vaya, ¡eso es genial! - Dijo Kotaro riéndose junto a Yamamoto que tenía mucho en común con él. 
- Que casualidad, ¿no? Jajaja, ¡me caes bien Kotaro! - Contestó Yamamoto a carcajadas.
- Oh dios, lo que faltaba, otra persona igual que Kotaro. - Hikari odiaba el carácter despreocupado de Kotaro, y al ver que Yamamoto era igual no se lo podía creer. 
- Eh, ¡Hikari! Anda, ¡que estamos aquí para festejar! - Kotaro no paraba de reír y Yamamoto le seguía el juego, eran los dos igual de odiosos para Hikari. 
- Es cierto, alguien igual que el "friki del béisbol". - Gokudera, el de la tormenta, se acercó a ellos diciendo algo parecido a lo que dijo Hikari solo que refiriéndose a Yamamoto con lo del béisbol. Parecía que él también odiaba ese carácter que tenían y ella se alegró de que al menos alguien la entendiera. 
Los dos se alejaron hasta donde estaban los guardianes de la nube de ambas familias. Sakya se encontraba a unos metros de Hibari, el cuál parecía muy solitario.
- Agh, ese Hibari... Es odioso, siempre quiere hacerlo todo por su cuenta. - Le dijo Gokudera a Hikari con un tono despectivo. A pesar de que a él le parecía mal eso, a Hikari le gustó su forma de ser, ya que a ella también le gustaba estar algo alejada de vez en cuando.
- Eis, Hikari. - Dijo Sakya al verles a los dos. - Oh, ¿es él el guardián de la tormenta? - Señalando a Gokudera animada. - Vaya, hola. 
Él saludó con la mano y les preguntó varias cosas sobre su familia, al igual que contaba cosas sobre la mafia. Hikari se fijó que Hibari miraba al horizonte y tenía la mirada perdida. De vez en cuando, miraba a su hombro, donde tenía un pequeño pájaro amarillo bastante bonito. Hikari odiaba muchas cosas, pero los animales eran lo que más adoraba en el mundo, y esa cosita le encantó. Pensó que una persona que cuida de una cosa tan bonita, no podía ser malo, del todo. Se disculpó y dejó a Sakya y Gokudera hablando, y se dirigió hacia aquél chico solitario. Se quedó a su lado, un poco más atrás de donde él estaba. Aquel pájaro empezó a piar y Hibari se dio la vuelta, percatándose de la presencia de la chica. Parecía molesto, pero de eso Hikari no se dio cuenta, ya que miraba al horizonte al igual que antes lo hacía él, viendo el hermoso paisaje de un bosque en la ladera en el que los rayos del Sol hacían destellos preciosos. 
Al darse cuenta de esto, a Hibari no le molestó tanto, porque mientras no le molestara no pasaría nada. Hikari se dio cuenta al fin de que él la miraba y simplemente le dedicó una leve sonrisa, para luego seguir observando el paisaje. El pájaro batió las alas y echó a volar hacia el horizonte, y al ver esto, Hikari sonrió alegre, era muy bonito verle volar allí. Tras dar una vuelta, el pájaro volvió y Hibari puso la mano para que se posara sobre ella, pero en vez de esto, el pájaro se puso en los hombros de Hikari, lo que hizo que el chico se sorprendiera mucho. Hikari al verle, le acarició cariñosamente y el animal lo aceptó encantado. Ella miró a Hibari por si acaso le molestaba aquello, pero él simplemente se dio la vuelta y siguió disfrutando del paisaje, pero Hikari pudo ver como una pequeña e insignificante sonrisa se dibujó en su cara durante un momento. Eso hizo que ella se alegrara, había conseguido que aquél solitario aceptara su presencia. 

jueves, 23 de febrero de 2012

Capítulo 10: La Ceremonia II

Capítulo 10: La Ceremonia II

Sakura y los guardianes se apresuraron a llegar a la cima de la montaña donde seria la ceremonia de entrega. Al llegar vieron que no había muchos árboles y que habían preparado una especie de carpa bastante amplia. Era blanca con adornos en tonos dorados y al entrar había una alfombra roja que llevaba hasta una zona donde había bastante espacio y estaba muy decorado, seguramente donde se haría la entrega de los anillos. A los laterales había bancos largos para los invitados, y la verdad es que todo aquello parecía más bien la carpa de una boda que de una ceremonia como esa, todo era muy lujoso y precioso. Algunas personas ya estaban sentadas en los bancos, aunque aún faltaban algunos por llegar, como los Varia que llegaron casi a la vez que ellos. Entraron a la carpa y miraron a la familia con desprecio, pero ellos no les hicieron caso ya que sabían como eran, aunque aún se preguntaban por qué les habían cogido esa manía sin conocerles. Más tarde llegaron los Shimon y les dijeron que ya habían llegado los Vongola. Sakura estaba algo nerviosa, pero al oír que ya habían llegado el corazón le empezó a latir muy fuerte y rápido y pensó que se le iba a salir del pecho. Intentó calmarse y no parecer nerviosa, al fin y al cabo ella era la jefa y no podía causar mala impresión, pero por mucho que intentó esconderlo Dino lo notó y le dedicó una sonrisa. Sakura se sintió algo incómoda por aquello y agachó la cabeza para que no vieran que su cara se había puesto colorada. Suspiró hondo y poco a poco se fue calmando, y cuando ya parecía estar calmada Dino les indicó que siguieran la alfombra y esperaran en la zona de la entrega de anillos. Los guardianes asintieron y caminaron hasta ahí, mientras el resto de familias allí presentes hablaban sobre la nueva familia, y Sakura quiso desaparecer de allí. Al estar ya en la zona de entrega, se hizo un silencio entre tanto murmullo, y fue entonces cuando supieron que los Vongola iban a entrar.
Entraron en la carpa varias personas antes de los guardianes que también pertenecían a la familia Vongola y ocuparon los primeros bancos. Al sentarse, aparecieron por fin los guardianes. Eran siete y dos pequeños, uno de ellos portaba un chupete amarillo al igual que el bebé de los Varia, así que pensaron que era también un arcobaleno como Dino les había dicho. El otro, simplemente sería un guardián, aunque parecía muy pequeño para serlo. Delante de todos estaba un chico que debía tener la misma edad que Sakura, de pelo marrón y de pincho, que seguramente sería el jefe. A su derecha había un chico de pelo plata y algo largo, de aspecto serio, y a su izquierda, un chico de pelo negro, corto y de punta, que tenía un aspecto más tranquilo. Detrás, un chico que parecía muy enérgico y de pelo blanco y corto, y a su lado otro de aspecto muy serio y frío, parecía un auténtico asesino, su pelo era negro y algo largo. Tras ellos, una chica de pelo morado y que tenía una forma algo extraña, parecida a... ¿ una piña?  Llevaba un parche en un ojo y parecía algo tímida. A su lado un chico con la misma forma y color de cabello, y lo que más llamaba la atención era que tenía un ojo de color rojo, con un símbolo extraño. Eran de joven edad, pero aún así causaban una gran impresión. Avanzaron hasta donde estaban los guardianes de la familia Scerecio y al ver los nervios de Sakura, el jefe sonrió y eso tranquilizó bastante a Sakura. Empezaron con la ceremonia y la entrega de anillos. El jefe se adelantó a Sakura con un anillo.
- Estos son los anillos Scerecio preparados por el mecánico Vongola. Yo soy Tsunayoshi Sawada, el décimo de la familia Vongola. Sakura, este es tu anillo. - Dijo mientras extendía la mano con un anillo que tenía una piedra preciosa de color naranja. Sakura lo cogió y se lo puso.
- Muchas gracias. - Dijo haciendo una pequeña reverencia con la cabeza.
- A partir de ahora eres oficialmente la nueva jefa de la familia Scerecio y la guardiana del cielo. 
Luego el chico de pelo plata se adelantó con el anillo de la tormenta y se dirigió a Hikari.
- Yo soy el guardián de la tormenta, Gokudera Hayato, y la mano derecha del décimo. - Repitió el proceso de entrega de anillo. Lo mismo pasó con el chico de pelo negro y de aspecto simpático, Yamamoto Takeshi, el guardián de la lluvia. El del pelo blanco era Sasagawa Ryohei, guardián del sol. El chico de pelo negro y algo largo era Hibari Kyoya, guardián de la nube. La chica y el chico de pelo morado eran los dos guardianes de la niebla, Chrome Dokuro y Rokudo Mukuro. El pequeño era Lambo, el guardián del trueno.
Hicieron todos la entrega de anillos y salieron todos de la carpa, a excepción de la familia Scerecio y Vongola, que se quedaron a hablar.

jueves, 16 de febrero de 2012

Capítulo 9: La Ceremonia I

Capítulo 9: La Ceremonia I

Era una mañana soleada y muy tranquila... O al menos lo era, porque al rededor de las nueve de la mañana en la casa de Sakura había un gran ajetreo. Se despertó con el ruido de las puertas abriendo y cerrándose, gente corriendo por ahí, gente gritando y dando órdenes... A pesar del ruido estaba agotada, así que se quedó en la cama un rato más sin mostrar el mayor interés en todo el ruido que había en su casa. Pero de pronto, recordó el por qué de todo eso: la Ceremonia. Se levantó corriendo de la cama y abrió el armario mientras buscaba algo que ponerse, bajó las escaleras lo más rápido que pudo mientras se ponía bien la sudadera sin mirar por donde iba cuando chocó con alguien. Cayó al suelo y alzó la vista para comprobar con quién había chocado. Al hacerlo, vio a un chico alto y rubio que la miraba preocupado mientras extendía su mano hacia ella. 
Dino
- ¿Estás bien? - Dijo Dino mientras ayudaba a Sakura a ponerse en pie. 
- Si, lo siento, no miraba por donde iba. - Dijo sacudiéndose la sudadera y los vaqueros. 
- Hoy es el día de la Ceremonia. - Miró hacia el comedor. - Por cierto, tus guardianes ya llegaron. 
Los dos fueron al comedor y ella estaba algo avergonzada por ser la última en llegar. Se oía mucho ruido del salón, sobretodo a Hikari, Kairi, Serena y Haruhi gritando y peleándose, cada cual por su motivo. Al entrar los dos todos los guardianes se quedaron callados y dejaron de discutir, saludando a los recién llegados. 
- Ey Sakura, ¿cómo estás? Hoy es el gran día. - Dijo Kotaro sonriendo mientras el resto asentía. Sakura estaba algo nerviosa, no sabía cómo sería la Ceremonia ni que debía hacer. 
- Tranquila, seguro que todo va bien. - Dijo Dino intentando calmar a Sakura. - Además, los de la familia Vongola son más o menos de vuestra edad, seguro que os lleváis bien. Su jefe se parece mucho a ti, Sakura.-
Todos miraron a Dino mientras explicaba sobre la familia que les entregaría los anillos. Que el jefe de esa familia tan importante fuera de su edad hizo que Sakura estuviera mucho menos preocupada y esta vez era más emoción lo que sentía. 
Mariano y Romario entraron mientras ellos hablaban sobre cuál sería su llama, cosa que aún no sabían, y Dino les explicaba algunas cosas sobre la mafia. 
- Bueno, me alegra que os llevéis bien. - Dijo Mariano.- Nos tenemos que ir ya. 
Al decir esto, los chicos cogieron sus cosas y le siguieron hasta el coche donde les llevaron hasta una colina no muy lejos de allí. Al llegar había muchos coches y bastantes personas a las que no conocían, y Dino les dijo que los Vongola no aparecerían hasta la entrega de los anillos. Esto hizo que Sakura se desilusionara un poco, ella quería conocerles antes. Todos miraban a su alrededor para ver cuanta gente había y cómo eran. Algunos eran mayores, otros más jovenes. Había algunos que eran de su edad, y mientras miraban por detrás se escuchó una voz.
Varia
- ¡¡VOOOIII!! - Todos se dieron la vuelta para ver quien gritaba de aquella forma y eran seis personas. Seis de su misma edad, o un poco más mayores y todos llevaban el mismo uniforme. - ¿Así que tú eres la nueva jefa de la familia? - Dijo un chico de pelo plateado y bastante largo, el mismo que antes había gritado. Sakura no sabía quienes eran y aquel chico le asustaba un poco, al igual que el resto. 
- Oh, Squallo. - Dijo Dino adelantándose. - Si, ella es la nueva jefa de la familia y ellos son los guardianes. - Se presentaron todos y luego Dino los presentó a ellos. - Ellos son los Varia, un escuadrón independiente de Vongola. - Explicó que el chico de pelo largo era Squallo, el guardián de la lluvia; el jefe llevaba la chaqueta colgada y era Xanxus, del cielo; Belphegor  era el chico de pelo rubio, de la tormenta; Lussuria llevaba unas gafas de sol y una cresta verde, del sol; Levi A Than tenia el pelo marrón y era bastante grande, del trueno; y lo que más les llamó la atención fue Mammon, paracía un bebé, pero Dino les explicó  por encima que era un Arcobaleno, uno de los siete asesinos más poderosos del mundo, pero por unos motivos tenía ese tamaño, era guardián de la niebla. 
- Vaya, otra mocosa a la que eligen como jefa para una familia. - Dijo Squallo amargado. 
- Ushishishi, parece que cada vez son más pequeños y blandos. - Añadió Belphegor riéndose. 
Shimon
A Sakura le molestó bastante, pero prefirió no decir nada. Hikari quiso decirles algo, pero Sakura se lo impidió para no tener problemas. Dino les aconsejó que simplemente los ignoraran, les gustaba mucho molestar, pero en el fondo si necesitaban su ayuda siempre la tendrían. Siguieron caminando y viendo a muchas familias que les observaban para saber como era la nueva familia Scerecio. Más tarde vieron a un grupo que también tenían su edad. 
- Venid, esta es la mayor aliada de Vongola. - Dijo mientras indicaba que le siguieran hasta donde estaba ese grupo. - Hola, Enma. 
El chico pelirrojo se dio la vuelta y les miró alegre. 
- Hola. ¿Son la nueva familia Scerecio?
- Si, ella es Sakura, la jefa de la familia. Sakura, ellos son la familia Shimon. - Aquel chico parecía muy simpático y tímido, a Sakura le cayó muy bien, bastante mejor que los Varia. 
- Encantada de conocerte. - Saludó Sakura sonriente. Enma les dijo que habían dicho que pronto sería la Ceremonia, así que se dieron prisa por llegar hasta el lugar donde sería.